lunes, 26 de enero de 2009

SELF-MADE MAN


Hace unos meses, Juan Manuel de Prada, en su columna del semanal, escribía un delicioso artículo, sobre el hombre hecho a sí mismo, hablaba de su padre, de su esfuerzo, del ejemplo que recibió de él. Cuando lo leí me encantó, y este viernes volví a acordarme de él, por eso lo he buscado para compatirlo, pues creo que merece la pena:

"Nuestro hombre nació en una familia muy humilde.
Su padre había sido jornalero en los campos de Castilla desde la infancia casi; con diecinueve años recién cumplidos, fue obligado a alistarse y a pegar tiros en las batallas más encarnizadas de la Guerra Civil; luego, tendría que emigrar al País Vasco, para garantizar la subsistencia de su familia.
Aunque nuestro hombre no suele hablar por pudor de aquellos años, su niñez debió de ser áspera, ajetreada por el fantasma de la penuria; durante algún tiempo, vivió con sus padres y con su hermana en un cuarto alquilado, respirando los cuatro el aire estabulado y angosto de la pobreza. Era, sin embargo, un niño espabilado; y consiguió una beca para estudiar con los salesianos, siempre afanosos de traer un poco de esperanza a los más pobres. Con los salesianos aprendió el oficio de electricista; pero en cuanto alcanzó la edad laboral sus padres lo pusieron a trabajar: su sueldo era necesario para completar los exiguos ingresos familiares.
Encontró trabajo en una fábrica de fertilizantes llamada Sefanitro, una fábrica que estremecía el alba con el mugido de las sirenas, antes de que sus chimeneas empezasen a soltar una humareda que llenaba con su rastro pestilente y nauseabundo el cielo de Baracaldo. Allí nuestro hombre calcinó su juventud; el mes de vacaciones lo pasaba en el pueblo de su madre, un pueblecito de Zamora con casas de adobe por el que discurría un río que en los meses del estiaje era apenas un regato. Durante una de aquellas vacaciones conoció en las fiestas de otro pueblecito vecino a la muchacha que iba a ser su esposa: a ambos les gustaba mucho bailar y pasear por los caminos; y entre paseos y bailes fueron urdiendo un sueño de dicha común, impávidos ante un futuro que no les ofrecía demasiados motivos de optimismo. No tenían un duro, pero los aureolaba ese entusiasmo insensato y fervoroso que proporcionan la pobreza y la juventud.
Se casaron en Zamora (en las fotos de boda, a nuestro hombre se le nota el corte de pelo característico de los reclutas) y se instalaron ambos en Sestao, en un pisito muy modesto. A nuestro hombre le gustaba mucho el cine; mientras veía El bueno, el feo y el malo con su esposa supo que iba a ser padre por primera vez. Imagino su mano sobre el vientre de la esposa embarazada en la oscuridad de la sala, su mano encallecida por el trabajo manual y orgullosa de latir con la misma sangre que allí dentro se gestaba.
Cuando su hijo apenas contaba tres meses, nuestro hombre consiguió un empleo en una oficina bancaria de Zamora. Era un puesto de trabajo en las categorías más bajas del escalafón, pero al menos ya no tendría que envenenarse los pulmones con las emanaciones químicas de la Sefanitro. Nuestro hombre tenía inquietudes intelectuales que nunca había tenido ocasión de cultivar; y su mujer lo animó a cursar a distancia estudios de Derecho. Cuando volvía derrengado de la oficina, se encerraba con sus mamotretos jurídicos, mientras ella se ocupaba de la brega doméstica (ya habían incorporado otra niña a la prole); y una vez al año viajaba a Palencia, acompañado de la familia, para examinarse.
Completó milagrosamente la licenciatura, sacrificando horas al sueño; y fue subiendo puestos en el escalafón de la oficina, hasta que mediada la cuarentena le recompensaron tanto esfuerzo con una carta de despido, a una edad en que una carta de despido equivale a un certificado de defunción laboral.
Pasó algunos años entre pleitos y depresiones, pero al fin sacó fuerzas de flaqueza para instalar un despachito de abogado en Zamora y ganarse la vida por libre. Aquella mujer hermosa y pueblerina que había sido su esposa durante cinco lustros le brindó su desvelado amor también en aquellos años sombríos. Nuestro hombre tuvo que luchar contra los demonios de la desesperación y contra la escasez de clientes; pero era un abogado extraordinario, y acabó saliendo del agujero. Un día una cooperativa de agricultores zamoranos involucrados en un presunto fraude de subvenciones del lino solicitó sus servicios; nuestro hombre los defendió en la Audiencia Nacional y obtuvo para ellos la absolución, después de formular ante el tribunal un alegato memorable, con una elocuencia aprendida en los clásicos. A nuestro hombre le gusta mucho leer, es un lector empedernido e insomne, el mejor lector del mundo.
Nuestro hombre se llama Pedro. Es mi padre, y estoy orgulloso de latir con su misma sangre, estoy orgulloso de llevar su apellido."

1 comentario:

Raúl dijo...

Hay que reconocer que este señor escribe bien, siempre me ha gustado. Y en cuanto a su artículo, que es una maravilla constatar que hubo y hay gente que sin más medios que su voluntad, sacrificio y poco más, son capaces de sacar a la prole adelante.

Gracias JJ.