miércoles, 23 de marzo de 2011

Reverte y la carga de los tres Reyes.

Este artículo de Arturo Perez Reverte nos recuerda la batalla de Las Navas de Tolosa y la estupidez patria.


La carga de los tres reyes

Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle.

Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad -seguro que el término les suena- contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa -también esto les suena, imagino- debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.


¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.


Amén.


5 comentarios:

Axil dijo...

Y a mi que este hombre siempre me ha parecido un magnífico escritor y un tremendo capullo... Y cada vez que lo leo, me parece mejor escritor, y más capullo.

Es como comer pipas, te gustan mucho y no puedes evitar comerte la siguiente, pero a la vez te producen ardor de estómago.

JESUS FIDELIS dijo...

La verdad es que tienes razón.
Ya te contaré un día un anécdota con él en la Catedra Cervantes de la AGM.
Y lo de buen escritor, en siendo cierto, a veces tiene novelas, como La carta esférica o Azul, que son notablemente mejorables. Pero bueno, escritor como la copa de un pino.
Eso si, no le perdono que nos tenga colgado a Alatriste.

Sebastián Roa dijo...

Es cosa de la editorial. Mientras colee el asedio y dé perricas, aguantarán encerrado al siguiente Alatriste.

JESUS FIDELIS dijo...

El Asedio estuvo bien, pero de dejar al marino tullido y abandonado es una canallada.
Está claro que Don Arturo es una máquina de hacer perricas para la editorial, pero un porquito de por favor a sus lectores de Alatriste, que nos llevan como p.... por rastrojo.
Igual que uno que yo me sé, con una llamada Casus Belli, yo quiero ver a ese marine en otros berenjenales, anda que no tienes, Irak, Afganistan, Bosnia, Kosovo, Libia, etc.

Herodoto dijo...

Hombre, en este mismo artículo hay cositas que son más una concesión a la espectacularidad y la demagogia que a la realidad... Decir que "es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle" es de una frivolidad y de una ligereza apabullantes. Nadie puede saber cómo habría evolucionado la Reconquista sin la batalla de las Navas de Tolosa... De hecho, a la disolución del Islam en la Península Ibérica contribuyó tanto o más su propia descomposición interna que las victorias cristianas en los campos de batalla. Pero, claro, la frase queda como uno de esos escopetazos que tanto le gusta soltar al señor Reverte en sus artículos...